Misioneros de Cristo

africaMISIONEROS DE CRISTO PARA LA IGLESIA UNIVERSAL

La Sierva de Dios describe el sacerdocio como la dignidad más alta sobre la tierra. Y es el Espíritu Santo quien le inspira, ya en la última etapa de su vida, hace poco más de veinticinco años, la fundación de los Misioneros de Cristo para la iglesia universal.

La Madre María Inés nos ha acompañado desde entonces a realizar el urgente anhelo misionero de hacer que Cristo reine en las familias, en los barrios, en las ciudades, en los pueblos, en las rancherías y en los lugares más recónditos de este planeta.

Salvar almas, salvar el corazón de cada niño, de cada joven que quiere conocer el verdadero camino de su vida. Ese es el móvil que nos ha impulsado a vivir y a convivir en la vida comunitaria en nuestra formación, en la oración y en el sacrificio. Pero sobre todo en la alegría de crecer en el espíritu y espiritualidad que la Madre María Inés dejó para la iglesia universal.

La obra de la Sierva de Dios no terminará jamás, sigue adelante por medio de sus hijos; su ternura de madre sigue alimentando esos hijos. Y ya que a ella no le fue dado hacer presente en la tierra sacramentalmente a Jesús Eucaristía, su dicha está en cooperar para que sus hijos, lleguen a la cumbre inefable del Sacerdocio.

Los Misioneros de Cristo, hijos de la Madre María Inés, nos alimentamos y nos unimos por un carisma vivo, un carisma muy rico y acorde con toda la tradición y el magisterio de la iglesia.

Desde Monterrey, cuna de nuestro Instituto, hemos ido llevando la Palabra de Dios y la Eucaristía a las diferentes rancherías de Michoacán, a la península de Baja California y ahora hasta Sierra Leona en África.

En todos estos lugares hemos constatado que la Morenita del Tepeyac pone en nuestros labios las palabras persuasivas que ablandan los corazones.

Cuántos supuestos enemigos de la iglesia, cuántos matrimonios desunidos, cuántos jóvenes enajenados por los ídolos de este mundo, cuántos niños faltos de atención, se han visto beneficiados durante estos veinticinco años, por la presencia viva de santa María de Guadalupe, la Omnipotencia Suplicante que siempre nos acompaña, según la promesa hecha a Nuestra Madre Fundadora.

Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que esperamos los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.

P. Arturo Torres León, MCIU

 

¿Quiénes somos, qué hacemos y dónde estamos?

Los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal somos una Congregación Religiosa conformada por hermanos y sacerdotes, fundada en Monterrey, N.L., México, por la Sierva de Dios, Madre María Inés-Teresa Arias, en el año de 1979.

¿Qué hacemos los Misioneros de Cristo?
“Nuestra Congregación es por su naturaleza misionera. La razón de ser de la misma, su existencia, sólo se debe al deseo de llevar la Buena Nueva del Evangelio a quiénes no la conocen, de hacer que quiénes la conocen, la vivan con plenitud y de que quiénes saben que Dios existe y que Cristo nos vino a mostrar ese amor del Padre, pero que lo han olvidado, lo recuerden…”(María Inés-Teresa Arias, Sierva de Dios).
Por eso nuestro maravilloso ministerio consiste en que Dios sea conocido y amado comunicándolo a los hermanos por medio del apostolado entre cristianos y no cristianos a través de la evangelización y catequesis; atención sanitaria y médica; educando a la niñez y juventud; atendiendo parroquias y vicarias; dando dirección espiritual y ejercicios espirituales; y mucho más…

¿Qué estudiamos los Misioneros de Cristo?
Aspirantado
Postulantado
Noviciado
Filosofía
Servicio apostólico
Teología
Otros…

¿Dónde estamos los Misioneros de Cristo?
Estamos en diversas partes de México y en Sierra Leona, África.

En México:

En Nuevo León

En el San Nicolás de los Garza:
Calle Universidad de Coahuila # 801. Colonia Villa Universidad, San Nicolás de los Garza, N.L.         C.P 66420 México
Tel y fax (81) 83-76-36-04 y 83-52-45-42
E-mail: mciuvillauniversidad@hotmail.com
Apartado postal # 50 San Nicolás de los Garza. N.L. C.P. 66450 México

En Ciudad Benito Juárez:
Calle Huerto Los Naranjos # 325. Fraccionamiento “Los Huertos”, Cd. Benito Juárez, N.L. C.P. 67250
Tel y fax (81) 82-33-18-54 y 82-33-18-55                 E-mail: mciuloshuertos@hotmail.com             Apartado Postal #1 Cd. Benito Juárez N.L.          C.P. 67250 México

En Michoacán

En “El Tigre”, Tzintzuntzan:
Municipio de Tzintzuntzan
Rancho “El Tigre”, Domicilio conocido,
Tel. (44) 33-31-10-51.                                                 E-mail: mciueltigre@hotmail.com                     Apartado Postal #52 Quiroga, Mich. C.P. 58420

En África:

En Sierra Leona

Makeni                                                                         E-mail: mciusierraleona@hotmail.com

Para más información, contáctanos:

padrealfredo@misionerosdecristo.org
padrerafael@misionerosdecristo.org
arturomisionero@yahoo.com

¿Tengo vocación para ser Misionero de Cristo?

Muchos jóvenes entusiastas e inquietos como tú se preguntan ¿Cómo puedo saber si yo tengo vocación…? ¿Hay una forma clara de saberlo? No es fácil dar una respuesta rápida, sencilla y que le sirva a todo el mundo. A continuación te damos elementos para aclarar algunas de tus dudas.

¿Qué no es la vocación?
La vocación no consiste, al menos necesariamente y de ordinario, en una inclinación espontánea, en un sentimiento o gusto más o menos sensible o espiritual, ni en un atractivo por parte del sujeto. Esta inclinación o atractivo puede darse o puede faltar. Pero su presencia o ausencia no es criterio seguro, ni mucho menos determinante, para juzgar de la existencia o falta de vocación en un sujeto.

Hay personas que por miedo a equivocarse no toman nunca una determinación acerca de cuál será la vocación a la cual les llama Dios. Este defecto es una dañosa equivocación, que puede provenir de falta de confianza en sí mismos o muy poca confianza en Dios. Siendo que nuestro Señor ha prometido: “Yo nunca te abandonaré” (Dt 31,6), ¿por qué seguir dudando tanto?

El simple miedo y hasta una cierta repugnancia a la vocación no son tampoco criterio normal y seguro para concluir sin más que esa pretendida vocación no existe. Más aún, el miedo a tener vocación y el deseo de no tenerla es, con frecuencia, una señal de que se tiene. Recordemos el ejemplo de santa Teresa de Ávila, quien confiesa de sí misma que era “enemiguísima de ser monja”.

En numerosos casos se rehúye el responder, no quiere uno comprometerse del todo y fácilmente se refugia en una “duda” sobre la existencia o autenticidad de la llamada vocacional. Dudar de la vocación es la mejor manera de tranquilizar la conciencia ante una decisión que, muchas veces, no es más que una “infidelidad”.

No es comprensible que Dios deje a un persona que quiere servirle fielmente en perpetua incertidumbre respecto a su vocación. En Dios “llamar” es dar la posibilidad de responder, es crear en el llamado una real capacidad de respuesta, o sea, Dios da siempre las gracias necesarias para desempeñar dignamente la misión que confía a una persona.

Otras veces la excesiva convicción, demuestra la necesidad de un análisis minucioso, sobre todo por parte de la Iglesia que llama y envía.

Es importante evitar ideas fantásticas y espectaculares de cómo creemos que Dios debiera hablarnos. Hay personas que inconscientemente esperan que Dios les comunique la vocación a la vida religiosa y sacerdotal a través de visiones, apariciones de ángeles o de santos.

Otras veces pensamos que la persona llamada a la vida religiosa tiene que haber sido un poco rara desde pequeña. Aunque no lo digamos con esas palabras, en el fondo lo que estamos diciendo es esto: Fulano sí sirve para sacerdote o religioso, porque nunca le gustó jugar, ni tratar con muchachas, ni divertirse…

Las opciones importantes exigen reflexión y requieren conocimientos serios para ser opciones libres y no meramente instintivas y condicionadas. Por eso, la vocación no es un destino irrevocable, pues muchos creen que el que tiene la vocación “se va porque se va”. ¡No!

La vocación tampoco es un refugio para el que tiene miedo a la vida. Por eso, la Congregación de los Misioneros de Cristo no es un refugio para gente rara ni una evasión para inservibles.

No es una carrera como cualquier otra. La vocación, no es una elección funcional y fría. La vocación no se hace, ni depende del gusto propio, o de la propia sensibilidad. Tampoco depende de la invitación o del ejemplo atrayente de otros hombres. Ni se reduce a una jugada del azar. No aparece nunca en la Biblia que uno se llame a sí mismo para la misión (cf. Hb 5,4).

Es una gran equivocación reducir la vocación consagrada a las dimensiones de la vida ordinaria, sin sacrificio, sin obligaciones. No es haciendo más fácil la vida consagrada como se hará más deseable el acceso a la misma.

La vocación es una inclinación hacia un ideal. Cuando se va tras de un ideal, de un hermoso ideal, no se fija uno en nada, se pasa por todo, ¡Adelante, siempre adelante! El amor vence cualquier dificultad. El Misionero de Cristo no cuenta los sacrificios que se va a imponer, no calcula, no hace reservas: LO DA TODO y para siempre.

La vocación mucho menos es una seguridad matemática: en la vocación sacerdotal tienes que aceptar el riesgo del amor, pues la vocación es una declaración de amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios que llama.

¿Qué es la vocación?
La vocación, antes de ser una respuesta del hombre, es llamada de Dios, iniciativa de Dios (cf. Rm 9,12; Jn 15,16). Él es el agente principal de toda vocación, aunque se sirve de nuestra colaboración. En definitiva, la vocación es un misterio insondable.

La vocación es una declaración de amor (cf. Jer 20,7). Pero esta declaración divina  requiere una respuesta de amor por parte del elegido. Dios al llamar respeta en su integridad a la persona. Dios habla claramente pero no acosa ni violenta. Él sugiere, crea inquietudes, prepara el alma del joven, llama suavemente, en lo más profundo de la conciencia, pero quiere que el alma responda con plena libertad y con amor auténtico. ¿Para qué quiere Dios un sacerdote, religioso o misionero que le siga obligatoriamente, ‘profesionalmente’, pero sin amor?

Así, pues, la verdadera respuesta al llamado vocacional es obra de amor, porque la vocación es esencialmente un acto de amor antes que una renuncia y el amor vence cualquier dificultad. La respuesta a la vocación sacerdotal, religiosa y misionera, puede surgir solamente de un profundo amor a Cristo que nos amó y murió por nosotros. Precisamente elegir el sacerdocio, la vida religiosa y misionera quiere decir creer en el AMOR (cf. 1Jn 4,8). Por eso, decía el Santo Cura de Ars: “Si quien recibe la vocación sagrada al Apostolado supiera la dignidad tan grande que Dios le concede con esta vocación, se moriría al momento, no de temor sino de amor”.

La vocación es una inclinación hacia un ideal. Cuando se tiene un gran ideal, un deseo de llegar a ser algo que se desea intensamente, aunque se tengan defectos y se cometan errores, se puede seguir adelante, porque el ideal cultivado es un dinamismo que empuja hacia delante y no deja quedarse a mitad del camino cuesta arriba de la perfección. De esta manera, el Misionero de Cristo tiene presente que la vocación es un diálogo entre Dios que llama y el hombre que responde; por lo tanto, no piensa en ella como un acontecimiento histórico terminado el día de su ingreso, sino lo hace una vivencia de respuesta al llamado continuo de Dios a su alma. De este modo el Misionero de Cristo logra realizarse plenamente en su vocación. Por eso, el hilo conductor de la perseverancia en la vocación del Misionero de Cristo es sentirse llamado y amado por Dios a quien trata de corresponder, a la medida de sus fuerzas…

¿Cómo se descubre la vocación?
Dios va demostrando a la persona poco a poco cuál es la vocación a la cual desea que dedique su vida. La vocación comienza a vislumbrarse en un momento dado de la vida, pero necesita ser confirmada…. La semilla de la vocación empieza con tanteos, poco a poco, hasta que crece y se desarrolla del todo (cf. Mc 4,26-27).

La decisión (cf. Lc 9,57) de ser misionero, sacerdote y religioso es el resultado de un cuidadoso proceso de discernimiento vocacional. Discernir es lo mismo que sopesar razones, escucharse a uno mismo y a los demás, atender a Dios en la oración, analizar, reflexionar. Mientras más difícil es el proyecto que uno quiere realizar, mayor debe ser el cuidado de preguntarse si los propios recursos son suficientes para llevarlo a cabo.

Por eso, la conciencia de la vocación debe abrirse camino en el corazón del joven que la escucha, debe entrar en la profundidad del pensamiento, del sentimiento, de la voluntad del sujeto, para llegar a influir en su comportamiento. No hay que olvidar que toda vocación es un don de Dios. Se necesita, pues, la oración y el sacrificio de la misma comunidad, que desea vocaciones de evangelizadores.

Dios no señala desde un principio claramente cuál es la vocación clara y precisa a que tiene destinado cada uno, sino que le va demostrando poquito a poco, por medio de varias circunstancias, cuál es el camino vocacional que debe seguir. Algunas de estas circunstancias pueden ser las siguientes:

1. Recurriendo a la oración (Mt 9,37) . Como Dios es el que llama, por ello debemos recurrir a la oración y preguntar Señor: ¿qué quieres que yo haga? ¿Para qué me tienes destinado? ¿Qué será lo que más conviene? La persona reza, medita, lee, compara los pros y los contras, y luego el Espíritu Santo le va inspirando e iluminando internamente acerca de lo que más le conviene hacer. En cada uno de los que perciben la llamada al sacerdocio o a la vida religiosa se repite la historia de aquellos discípulos a quienes Cristo afirmó de modo rotundo: “No me han elegido ustedes a Mí, sino que Yo los he elegido a ustedes” . Efectivamente, algún día, de diversos modos, cada uno de ellos oyó una voz interior que les decía:“¡Sígueme!” (Mc 10,21). Así, pues, lo primero que tiene que hacer una persona para descubrir si Dios lo llama o no, es ponerse en actitud de apertura y disponibilidad a lo que Dios quiera. No puedo escuchar la voluntad de Dios si de antemano yo he decidido lo que quiero.

2. Pidiendo consejo a personas prudentes . No conviene hablar de la vocación con todo el mundo, ni con cualquier clase de personas, porque se burlan y no aportarán nada bueno en cuanto a consejos y sugerencias. Pero el tener confianza con un buen sacerdote o una religiosa u otra persona indicada, hace mucho provecho (cf. Prov. 8,33; 12,8).

3. Una invitación. Puede darse el caso de una persona amiga que invita a conocer o a entrar a un seminario o a una comunidad religiosa o a pertenecer a una Asociación apostólica. Y si Cristo te necesita para algún plan especial, ¿aceptarías su invitación?…

4. Reflexionando y meditando : ¿Para qué me destinará Dios en esta vida? ¿Para qué tengo cualidades? ¿Hacia qué clase de actividades siento más inclinación? ¿En qué labores me sentiré más realizado? ¿A la hora de la muerte cuál será la vocación y profesión que más consuelos y esperanza me será más útil y provechosa para la eternidad? ¿En qué vocación me voy a sentir mejor y en cuál voy a poder hacer mayor bien a los demás? Si muchos han hecho cosas buenas a favor de la salvación de los demás, ¿por qué no voy a poder hacerlas yo también? Recuerda que conseguirle a la Iglesia una vocación es mejor que obsequiarle un altar de oro.

5. Valorando las propias fuerzas y cualidades (Lc 14,29). Dios no llama para lo que es superior a las propias fuerzas o a lo que está muy en contra de las inclinaciones de la persona. Pero sí puede llamar a actividades difíciles, comprometiéndose Él a darle las fuerzas y luces que le van a ser necesarias. Descubrirás el proyecto de Dios sobre ti, inscrito en tus propias cualidades e incluso en tus mismos límites, al precio de una cierta disciplina de reflexión y silencio.

6. Analizando su castidad (2Cor 12,9), para saber si puede o no, dedicarse a una vocación que le exige castidad completa, como es el sacerdocio o la vida religiosa. Más vale darle un sacerdote o un religioso menos a la Iglesia, que proporcionarle un pecador que va a vivir siendo infiel a su juramento de castidad. En este punto el confesor ayuda mucho. Por eso los santos insisten mucho en que la última palabra acerca de si alguien debe o no dedicarse a una vocación consagrada, es el confesor. En los momentos de desánimo y desaliento no tomar ninguna resolución acerca de la vocación.

7. Leer libros que traten de la vocación que se va a elegir . La experiencia ha demostrado en muchos países, que el leer libros que traten de la vocación o profesión que uno desea seguir, ayuda muchísimo a enfervorizarse por ese ideal o modo de vivir y a capacitarse más para poder triunfar en las actividades que va a emprender. Así, por ejemplo, si va a pertenecer a una comunidad religiosa, leer vidas de personas que vivieron en esa comunidad, o historias de dicha Congregación, en este caso, acerca de los Misioneros de Cristo. Nuestra Fundadora, la Madre María Inés-Teresa Arias, Sierva de Dios, narra en sus escritos que su vocación hacia la vida religiosa dio un paso definitivo cuando leyó el bellísimo libro “Historia de un alma” de Santa Teresita del Niño Jesús.

El libro que más te va a aprovechar para mantener el fervor por la vocación, será siempre y en todas partes la Biblia. Ninguna otra lectura puede igualar en poder y eficacia a la de este Libro Sagrado.

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